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Los que se cargan el futbol

Se habían jugado apenas tres de los cuatro partidos de esta serie de clásicos del apocalipsis cuando ya ambos bandos habían dejado en claro que estaban dispuestos a cagarse en el fútbol. Primero Mourinho siendo Mourinho diseñó un partido ultradefensivo que le mantuviera el cero hasta que faltasen unos veinte minutos, para entonces lanzarse a un ataque kamikaze de todos cansados y temperamentos caldeados. Luego los azulgranas que solo entienden como aceptable el jugar como ellos juegan, el toque-toque lirico, han encontrado inadmisible el tener al frente a un rival que le apostaba al juego físico en primera persona, y han optado (los azulgrana) por una reacción de esas que los sicologos llaman de agresión pasiva: han resuelto no ofrecer resistencia al reto físico, dejarse caer con sorprendente facilidad, atender más a la posibilidad de una falta que a la falta misma. Sergio Busquets y Mascherano lideran hoy la Escuela Histrionica Catalana Para Nuevos Actores que abrirá las puertas al público este verano. El Merengue, a su vez, se arrinconó tanto que una victoria suya se antojaba equivalente a contradecir la segunda ley de la termodinámica (la de la entropía por si no puso atención en clase.)

En el entremés el DT azulgrana, Josep Guardiola, quiso unirse a la fiesta perdiendo los estribos. En una desiderata que hubiera imaginado Shakespeare el DT declaró a su contraparte como el puto amo de las salas de prensa. No sabemos de cierto pero es de esperar que al decirlo se sintió más puro, más hombre, más completo. Y como si de un western se tratara le ha alcanzado para retar al rival a un duelo futbolistico que resuelva las únicas dudas válidas y posibles.

El fútbol lo que se dice el fútbol estaba aun sin aparecer. Había demasiado más en juego. Otras cosas. Los egos de la gente. Los rencores pasados. Si yo fuera español me hubiera reventado la cabeza tratando de decidir a cual de estos dos odiar más. En el fútbol no pueden perder ambos, y hasta ahora ibamos perdiendo los demás. Uste y yo.

El tercer partido, el que definía el pase a la final de la liga de campeones, estaba en cero, con el merengue tirado atrás y el azulgrana empujando. En una de esas Pepe, el ultimo samurai, hizo una entrada sin remilgos al defensor Daniel Alves. Una pelota intrascendente, en el area contraria, una jugada sin peligro, una de esas faltas que a uno le enseñan en el colegio a no hacer. Con Alves retorciendose en el suelo, el arbitro no quiso saber más del asunto y envió a Pepe a las duchas, dejando al Madrid con 10 jugadores y limpiando el camino de la futura victoria azulgrana. Una revisión detallada del video reveló que aunque la entrada es violenta, Pepe no logra tocar a Alves quien ha logrado esquivar por poco la patada con una de esas maniobras acrobáticas improbables que los futbolistas modernos acostumbran hacer. Con este detalle a cuestas el debate se armó sobre la justicia de la expulsión. De un lado los que gritaban llorón, si no hay fractura no hay falta; y del otro los puristas defensores de un juego que no conciben como juego de contacto. Yo me encontraba dentro de los primeros pero por razones de indignación. Yo creo que debe haber un acuerdo tácito entre los futbolistas y el público. No se vale retorcerse de dolor, o hacer una representación acrobatica de lo que pudo ser una falta si hubiera habido contacto, para luego entrar sonriente al campo de juego. Si te pegan y te duele, vale. Si no te pegan, no te duele y que el arbitro juzgue intenciones. Punto y aparte.

Quise que ganara el merengue. No se pudo. Pero habrá mañana.

En un torneo juvenil, en 1958, se enfrentaba el Múnich 1860 al SC 1906 Múnich, en donde se destacaba un delantero llamado Franz Beckenbauer que venía de marcarle a su odiado Bayern Munich en el partido previo.

Al mediocentro titular del Múnich 1860 ya le han avisado de su talento y decide que será bueno dejarle claro desde el inicio quién manda en el campo. Al poco de comenzar, le hace una dura entrada, pero Franzie no se asusta. Minutos después, es él quien responde con otra falta más violenta. El ambiente se calienta. Beckenbauer anhela fichar por el Múnich 1860. Nada ni nadie le va a detener… Es más, ha llegado a un pacto para que todo el equipo fiche por los Azules al término de la final.Pero sucede lo imprevisto. Hay dos versiones de lo que ocurrió. La más extendida cuenta que, en un momento del choque, Beckenbauer, en su duelo personal, cometió una dura entrada sobre el mediocentro del Múnich 1860. Éste se levantó y abofeteó a Franz. La segunda asegura que no le agredió, sino que le chilló: “Estúpido mentecato. Vete a jugar con canicas y deja el fútbol a los mayores”.Minutos después, Beckenbauer, conteniendo su ira, cogió el balón en el centro del campo y empezó un eslalom que acabaría con el esférico en la portería de su adorado Múnich 1860. Ya lo había decidido: nunca jugaría para un equipo que tuviera en sus filas a jugadores que se comportaban de manera agresiva en el campo. Dicho y hecho. Beckenbauer ingresaba en las categorías inferiores del Bayern unos días después.